La hipertensión arterial es posiblemente la condición crónica más prevalente en el mundo adulto — y al mismo tiempo una de las más subdiagnosticadas, precisamente porque su naturaleza silenciosa hace que la mayoría de las personas afectadas no tenga ninguna señal que las lleve a buscar atención.
Se estima que alrededor de un tercio de los adultos hipertensos en Chile no conoce su diagnóstico. No porque no hayan tenido acceso a atención médica, sino porque en ausencia de síntomas no han tenido motivo para medir su presión arterial con regularidad.
Las consecuencias de esa brecha de diagnóstico son mensurables — en términos de eventos cardiovasculares, de deterioro de la función renal y de años de vida ajustados por calidad que podrían haberse preservado con una intervención temprana.
¿Qué es la presión arterial y cuándo se considera elevada?
La presión arterial es la fuerza que ejerce la sangre sobre las paredes de las arterias durante el ciclo cardíaco. Se expresa en dos valores — la presión sistólica, que corresponde al momento de la contracción cardíaca, y la presión diastólica, que corresponde al momento de relajación entre latidos.
Los valores de referencia actuales según las guías internacionales vigentes definen la presión normal como menor a 120/80 mmHg. Se habla de presión elevada — o hipertensión en estadio 1 — cuando los valores sistólicos se ubican entre 130 y 139 mmHg o los diastólicos entre 80 y 89 mmHg en mediciones repetidas.
Un valor aislado no es suficiente para el diagnóstico — la presión arterial tiene variabilidad natural durante el día y puede elevarse transitoriamente por ansiedad, actividad física reciente o consumo de cafeína. El diagnóstico de hipertensión requiere valores elevados en al menos dos mediciones en momentos distintos.
El daño orgánico de la hipertensión no controlada
El efecto de la presión elevada sostenida sobre las arterias es comparable al efecto del agua a alta presión sobre una manguera — con el tiempo genera cambios estructurales en la pared arterial que reducen su elasticidad, favorecen el depósito de placas de ateroma y alteran el flujo sanguíneo hacia los órganos diana.
El corazón, sometido a una poscarga aumentada por la resistencia de las arterias hipertensas, desarrolla hipertrofia ventricular izquierda — un engrosamiento del músculo cardíaco que en etapas avanzadas puede comprometer su función como bomba.
Los vasos cerebrales sometidos a presión elevada crónica tienen mayor riesgo de ruptura — accidente cerebrovascular hemorrágico — y de oclusión por aterosclerosis acelerada — accidente cerebrovascular isquémico.
Los riñones son particularmente sensibles a la presión elevada sostenida — el daño de los vasos renales genera nefroesclerosis hipertensiva que puede progresar hacia insuficiencia renal crónica.
La retina — accesible directamente mediante el examen fundoscópico — refleja los cambios vasculares inducidos por la hipertensión y puede utilizarse como indicador de la severidad y cronicidad del daño vascular sistémico.
Factores que modifican el riesgo cardiovascular en el hipertenso
La hipertensión no es el único determinante del riesgo cardiovascular — pero es uno de los más importantes y uno de los más modificables. Su impacto se multiplica cuando coexiste con otros factores de riesgo.
La diabetes duplica el riesgo cardiovascular asociado a la hipertensión. El tabaquismo tiene un efecto sinérgico con la hipertensión sobre el daño arterial. La dislipidemia — colesterol elevado — acelera el proceso de aterosclerosis que la presión elevada favorece. El sedentarismo y la obesidad contribuyen tanto a la elevación de la presión como a los otros factores de riesgo.
La evaluación del riesgo cardiovascular global — considerando todos los factores de forma integrada — es más informativa que la evaluación de la presión de forma aislada.
Manejo de la hipertensión: más allá del medicamento
El manejo de la hipertensión tiene dos componentes fundamentales que no son excluyentes: las modificaciones del estilo de vida y el tratamiento farmacológico cuando está indicado.
Las modificaciones del estilo de vida con evidencia de efectividad para la reducción de la presión arterial incluyen la reducción del consumo de sodio, el aumento de la actividad física aeróbica regular, la reducción del peso corporal en personas con sobrepeso, la moderación del consumo de alcohol y la adopción de un patrón dietético rico en frutas, verduras y lácteos bajos en grasa.
En muchos casos de hipertensión estadio 1 sin otros factores de riesgo, las modificaciones del estilo de vida pueden ser suficientes para normalizar la presión — sin necesidad de medicación. En estadios más avanzados o con factores de riesgo adicionales, el tratamiento farmacológico se añade a — no reemplaza — las modificaciones del estilo de vida.
En SanaSalud
En SanaSalud medimos la presión arterial en cada consulta médica — independientemente del motivo de la visita. Si detectamos valores elevados, lo explicamos con claridad — qué significan, qué seguimiento requieren y qué pasos se recomiendan en cada caso.
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